Firma invitada
Vol. 30 | Núm. 2 | 2025
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Ángel Asensio Vegas*
Servicio de Medicina Preventiva, Hospital Universitario Puerta de Hierro, Majadahonda, Madrid, España
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Por alguien que lo ha visto nacer, crecer y dejar huella
Han pasado ya varias décadas desde aquel primer impulso, que daría lugar a lo que hoy es uno de los estudios de vigilancia epidemiológica más sólidos, longevos y útiles del sistema sanitario español: el estudio EPINE. Lo que comenzó como una iniciativa ambiciosa, cargada de ilusión y muchas incógnitas, se ha convertido en una fuente de conocimiento indispensable para el control de las infecciones nosocomiales en nuestro país. En estas líneas quiero contar su historia desde dentro: como testigo directo de su nacimiento desde mi etapa como MIR, pero también como alguien que ha recogido datos y ha participado en su coordinación y, sobre todo, como homenaje a todas las personas que lo han hecho posible.
El nacimiento de una idea necesaria
A finales de los años 80, las infecciones nosocomiales comenzaban a reconocerse como un problema crítico en los hospitales. La falta de datos sistemáticos impedía entender su dimensión real. Mientras en EE.UU. el sistema NNIS (National Nosocomial Infections Surveillance System) ya funcionaba desde los años 70, en España no disponíamos de una red nacional ni de estudios de referencia. Fue en este contexto cuando un grupo de profesionales, liderado por el Dr. Josep Vaqué, impulsó el primer estudio de prevalencia en España como una herramienta accesible para obtener una “foto” anual del estado de las infecciones hospitalarias.
En 1990 se puso en marcha el primer estudio EPINE, con la participación de apenas 57 hospitales. Desde el inicio, el enfoque fue práctico: recoger datos de prevalencia, técnicamente en un solo día, con una metodología común, y generar informes útiles para los equipos clínicos. Era una idea simple, pero poderosa.
El Dr. Vaqué, junto con el Dr. Josep Roselló y el resto de su equipo del Hospital Vall d’Hebron, y con el auspicio de la SEMPSPGS, fueron los motores incuestionables del EPINE durante sus inicios. Estos doctores, preventivistas de formación y espíritu, aportaron no solo el diseño técnico del estudio, sino también una visión estratégica a largo plazo. Su insistencia en la estandarización metodológica, la calidad de los datos y la comparabilidad internacional fue clave para la credibilidad del estudio. Vaqué supo crear una red colaborativa sólida, basada en la confianza y en el intercambio de conocimientos.
Desde los inicios se promovió la integración de EPINE en la producción científica, tanto a nivel nacional como internacional, con múltiples comunicaciones en congresos y publicaciones en revistas de impacto nacionales e internacionales
El desarrollo: de estudio puntual a instrumento de vigilancia
A lo largo de los años 90, EPINE fue consolidando su metodología y ampliando su red de participación. Cada año, nuevos hospitales se sumaban al estudio. El trabajo no era sencillo: implicaba formar equipos locales, recoger datos con rigor en un solo día de prevalencia, enviar la información y devolver informes de resultados que fueran útiles para los servicios implicados. Pero algo estaba cambiando: comenzábamos a construir una cultura de vigilancia de las IRAS, y EPINE era uno de sus pilares.
En 1997, dimos un salto cualitativo. Se redefinieron los criterios diagnósticos para armonizarlos con las definiciones internacionales del CDC, se informatizó la recogida de datos y se estandarizó la formación de los equipos. EPINE ya no era una simple foto anual, sino el germen de una red de vigilancia nacional basada en la cooperación y la ciencia.
Fue admirable que, pese a no tener un respaldo institucional potente en sus inicios, EPINE lograba sostenerse gracias a una comunidad de profesionales convencidos de su valor. Años más tarde, el Ministerio de Sanidad reconocería su importancia y EPINE pasaría a formar parte de los programas estratégicos de vigilancia de la seguridad del paciente. En 2006, la colaboración con el Ministerio de Sanidad permitió dotar al estudio de mayor estabilidad institucional y ampliar su impacto. En paralelo, España se incorporó a la red europea de estudios de prevalencia del ECDC (European Centre for Disease Prevention and Control), que lanzó su primer European Point Prevalence Survey (ECDC-PPS) en 2011.
En 2018, tras la jubilación del Dr. Vaqué, después de casi 30 años al frente del estudio, este pasó a ser coordinado desde el Servicio de Medicina Preventiva del Hospital Puerta de Hierro de Madrid. La incorporación de la Dra. Mireia Cantero y, posteriormente, de la Dra. Lina Parra al equipo coordinador aportó savia nueva y entusiasmo al proyecto. Actualmente, más de 300 hospitales participan en el proyecto reclutando alrededor de 60.000 pacientes cada año.
Una aportación inestimable al conocimiento
Mirando en retrospectiva, resulta difícil exagerar la relevancia del estudio EPINE. Gracias a sus datos, hemos podido documentar la prevalencia de infecciones nosocomiales y el uso de antimicrobianos a lo largo de más de tres décadas. Hemos aprendido a reconocer los patógenos más importantes y su resistencia a los antimicrobianos, a identificar los procedimientos más implicados, y nos ha ayudado a diseñar políticas de prevención más eficaces.
EPINE ha permitido comparar hospitales entre sí, detectar tendencias, evaluar el impacto de intervenciones específicas como la higiene de las manos, estimar la mortalidad y los costes atribuibles e incluso identificar situaciones emergentes. En muchas ocasiones, sus datos han servido como “termómetro” de la situación general de los hospitales españoles.
Además, su carácter anual y su continuidad lo convierten en una herramienta única en Europa. Pocos países cuentan con un estudio de estas características, tan longevo y tan constante. EPINE ha sido también un modelo formativo: generaciones de profesionales se han iniciado en el control de infecciones gracias a su metodología.
Y no menos importante: ha creado comunidad. EPINE ha servido como punto de encuentro para preventivistas, microbiólogos, internistas, enfermeras y gestores que han aprendido a trabajar juntos. Ha sido un lugar donde compartir experiencias, innovaciones y también dificultades.
Desafíos y aprendizajes
Por supuesto, no todo ha sido fácil. La participación voluntaria ha generado, en ocasiones, problemas de cobertura. La variabilidad en la calidad de los datos recogidos, la dependencia del compromiso de cada centro, o los cambios organizativos en los hospitales han puesto a prueba su resiliencia.
La pandemia de COVID-19 fue un punto de inflexión. Durante los años más duros, mantener la recogida de datos fue un desafío mayúsculo. Pero también se evidenció la necesidad de contar con sistemas robustos de vigilancia. EPINE resistió, se adaptó, y volvió a demostrar su utilidad.
También hemos aprendido que un estudio no puede permanecer estático. Las definiciones evolucionan, los contextos cambian, y EPINE ha sabido renovar su base metodológica sin perder continuidad. La incorporación de indicadores de resistencia antimicrobiana, de variables estructurales, del impacto del uso de dispositivos, de la mortalidad asociada a infecciones o del alargamiento de la estancia, ha enriquecido sus aportaciones.
El futuro: entre la madurez y la renovación
Hoy EPINE se enfrenta a un nuevo ciclo. Ha alcanzado una madurez que lo consolida como un referente, pero también debe renovarse. El reto ahora es integrarlo aún más en los sistemas de información hospitalarios, automatizar la recogida de datos sin perder calidad, y potenciar su valor analítico.
Hay oportunidades claras: utilizar la vigilancia automatizada y la inteligencia artificial para mejorar la eficiencia de la vigilancia, incorporar análisis longitudinales que vayan más allá de la prevalencia, desarrollar estudios de casos y controles para identificar nuevos problemas y sus causas, y conectar EPINE con otras bases de datos clínicas para comprender mejor la relación entre infecciones, procesos asistenciales y resultados en salud.
Una historia que sigue escribiéndose
Cuando pienso en estos más de treinta años de historia de la que he sido partícipe, siento una mezcla de orgullo y gratitud. Orgullo por haber contribuido a una iniciativa que ha salvado vidas y mejorado la calidad asistencial. Gratitud por haber compartido este camino con tantas personas comprometidas, honestas, generosas.
EPINE es, en definitiva, una historia de perseverancia. Una muestra de que la ciencia y la vocación de servicio público pueden transformar la realidad. Y también un recordatorio de que, en salud, vigilar no es espiar, sino cuidar. Cuidar de los pacientes, de los profesionales, y del propio sistema.
Y mientras haya infecciones prevenibles, mientras haya hospitales que quieran saber cómo lo están haciendo y cómo pueden mejorar, EPINE seguirá teniendo sentido. Porque, más allá de las cifras, EPINE es una actitud: la de mirar, medir, aprender y actuar para mejorar la calidad de la asistencia a nuestros pacientes.
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